Viaje de una mujer a la tierra llamada “de los hombres salvajes”. Parte 2 by Sandra Canudas

7 Abr

Mi gran preocupación al aterrizar en el vuelo interno Port Moresby-Mount Hagen era saber si mi guía que contacté únicamente a través de internet me estaría esperando en el aeropuerto, hubiera sido difícil para mí localizarlo así es que fue él quien se adelantó y se presentó. Steven es un profesor voluntario de la zona de las montañas que se dedica a la alfabetización de los niños de las tribus de la zona y el perfecto intermediario para presentarme ante estos poblados.
Hombe Vgreen
Nos montamos en un coche de segunda mano incapaz de pasar ninguna inspección técnica y nos empezamos a mover en dirección al Valle de Waghi , un recorrido de paisajes verdes repletos de plantaciones de té y café con destino a la Villa de Vgreen. En el camino con los cristales bajados Steve no paraba de hacer sonar el claxon saludando a la gente que descansaba sentada en los alrededores de la carretera después de una jornada dura de recoleccción y que levantaban sus paraguas de colores o sus grandes machetes para cortar la vegetación espesa, devolviendo el saludo.
Ya por la noche aparcamos el coche en medio de un camino y nos desvíamos andando hasta un río, al llegar un grupo de nativos semidesnudos pintados desde la cabeza hasta los pies con colores tierra me recibieron con fuertes gritos, y alzando sus lanzas me rodearon para llevarme hasta el centro del poblado. Constaba de cuatro cabañas de paja esparcidas por la montaña había una que se destacaba por estar más ventilada, era donde las mujeres cocinaban con piedras calientes y calentaban la comida envolviéndola en hojas de plátano. Esa noche el menú fue patata dulce, pollo y pastel de banana. Aun la incomodidad de servir y comer con las manos, el pastel era delicioso así que se me ocurrió preguntar cuantos minutos tardaba la cocción. “¿Minutos? ¡Cuándo está de color tostado sabemos que se puede comer!”. Primera lección: hay que hacer el esfuerzo de cambiar la mentalidad de país desarrollado donde el control de los minutos y el tiempo parece imprescindible y saber que en muchos lugares no sirve, no existe ese parámetro y además no lo necesitan y subsisten sin problemas. A partir de ese momento me olvidé del protocolo y simplemente me dediqué a imitar sus movimientos para no desentonar. La única iluminación existente era la del fuego y después de unas cuantas canciones de “sobremesa” nos fuimos a dormir todos a las cabañas.

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