Durante una semana observad los periódicos y las noticias que insertan. Comparad las crónicas que se dan en la sección de sociedad, política o deportes cuando se habla de hombres y mujeres por separado. Veréis que no sé trata de igual forma. Siempre hay dos colectivos: el “nosotros” como grupo humano que hace la información (formado por todos, aunque el discurso sea preponderantemente masculino) y el “ellas” como objeto y no sujeto de la información. El hombre actúa, “él hace” mientras que la mujer “es”. Mientras el hombre está separado en la noticia de forma individual con nombre y apellidos, la mujer aparece como género colectivo y no como individuo.
En los titulares de natación: “David Meca culmina el triple cruce del Estrecho”, en otro: “La reina de las sirenas” y más abajo, en la entradilla: Gemma Mengual (claro, su nombre tenía que aparecer en algún lugar, digo yo). La mujer se agrupa en “un todo” donde no paramos de hablar de “reinas”, “princesas”, “ellas” o “las mujeres”. Ejemplos que he vivido en primera persona: “Ellas viajan solas”; Otro caso: “La Primera mujer ministra en un Parlamento iraní” cuando en cambio, sí decimos: “Habló el ministro de defensa iraní Ahmad Vahidi”… ¿Por qué no nos ponen con nombre y apellido comentando la acción determinada clara y dejamos de ser un conjunto de mujeres indiferenciadas? ¿Por qué nos suena bien en la noticia, eso de poner el nombre de pila a “Michelle” para referirnos a la Sra. Obama (y no entro ahora, en temas de patriarcado), “Hillary” o “Carla” y nos resulta impensable, leer sólo “Barack”, ”Bill” o “Nicholas”?
Con este estilo de redacción ¿no caemos en la trampa de seguir representando a la mujer como el hecho excepcional? ¿No es un recurso fullero ser anónima y solo identificada dentro de un colectivo o hablar de “Primeras mujeres” si ya, hay pioneras en todas los ámbitos? ¿Porque en el caso de los hombres no existe una responsabilidad común y en cambio nosotras, todas somos una?
¿No es cansino el discurso de la mujer en su forma pasiva y como “objeto” y no es hora ya, que se nos trate y juzgue por lo que hacemos y no por lo que somos? ¿Cuándo vamos a estar legitimadas en la esfera pública y mantendremos todos, nuestras respectivas conciencias? Evolucionemos un poco más por favor y dejemos al menos, estos recursos lingüísticos.
Pero quiero ir más allá… ¡¿Qué nos pasa hoy en día?!
A nivel relaciones, mis amigos solteros majísimos quieren encontrar pareja, mis amigas solteras, también y ¡no se encuentran los unos a los otros! U otros casos: personas que (con todo el respeto e incluso aceptando sin complejos las nuevas modas del “poliamor”) viven el resto de sus vidas comentando eso de que “no quieren compromiso” y disfrutan de su tiempo de ocio con más de una “amiga-amante” y, esas amigas aceptando esas poligamias cuando de hecho a veces quizás, no les apetezca tanto ese trato.
Las mujeres, para llegar a los altos cargos de dirección parece que debamos pasar por el tubo de la masculinización para integrarnos ¡Grave error! Nunca hay que perder lo mejor que tenemos de uno mismo, nuestra esencia. Mi feminidad puede hacerme lograr lo que quiera y lo que hay que empezar a cuestionar es el sistema patriarcal en el que vivimos y nuestro régimen social, político, económico y cultural. En definitiva, para los cambios lo más importante pasa precisamente, por no dejar de ser uno mismo, si es el caso, de ser mujer.
¿Y los hombres? ¡Podéis llorar, si queréis! ¡Expresad vuestras emociones! Muchachos, nosotras tenemos “síndrome premenstrual” pero vosotros el “síndrome del hombre irritable” (dónde las depresiones leves no son quizás como las femeninas manifestándose con tristeza pero sí, con irritabilidad -para más datos os recomiendo las investigaciones de Jed Diamond-). Nosotras tenemos la menopausia pero por si lo desconocéis, también existe una andropausia debido a la reducción de testosterona. Reconozcamos nuestros géneros y asumamos ¡que es magnífico como nos complementamos los unos a los otros formando un “todo” completo!
El antropólogo David D. Gilmore descubrió en sus viajes y estudios; al igual que comprendí yo cuando me documentaba para mi tercer libro (“Atlas Mundial del orgasmo. Manual internacional del amor, del sexo y del cortejo”) que la mayoría de los hombres en casi todas las culturas del mundo tienen una relación de amor-odio hacia las mujeres. La causa: la filiación inconsciente que tienen con ellas respecto a factores vitales como el apareamiento, la procreación, la crianza de unos hijos, la adhesión emocional con la madre,… Esa simbiosis infantil sentimental que choca con “el sentido de la masculinidad” hasta ahora muy relacionada con rasgos de autosuficiencia, independencia o poder.
En el transcurso de mi vida siempre me he preguntado ¿Cómo debía ser mi pareja y ese hombre ideal? Siempre me han encantado las listas, así que escribía… “Él está enamorado, es cariñoso, romántico, humilde, con sentido del humor, con fortaleza espiritual, higiénico (lo consideraba obvio hasta que un día lo tuve que integrar en la lista de cualidades deseadas ¡por topar con demasiados individuos alérgicos al agua de la ducha!). Prosigo: trabajador, activo, curioso, fiel (“lo máximo posible” -soy realista y distingo perfectamente, entre lo que es el amor y el sexo-), edad compatible con la mía, honrado,…
¡Qué equivocada estaba! Hoy, que me acerco a los 40 sé exactamente lo que es SER MUJER. Ahora que me he instruido lo suficiente y sobrellevado años de introspección, he desaprendido al menos, su concepto estereotipado y sé perfectamente que su definición no pasa por llevar una talla 38 con unas medidas 90-60-90. Sé, que tener arrugas no es una enfermedad sino un regalo de experiencia. Sé, que trabajar y querer tener familia y cuidar a unos hijos no es ponernos la capa de “Súper-mujer” y sacrificar nuestra esfera personal y de ocio trabajando 20 horas al día, sin saber delegar. Sé, que podemos estar en la esfera pública y destacar en cualquier ámbito profesional, sin tener que masculinizarnos y acabar rebotadas con los machos, sacrificando la propia esencia, sensibilidad y emotividad ¡que es lo mejor que tenemos de nosotras mismas!
Ahora sé, que mi lista de requisitos para encontrar a mi “hombre ideal” de hecho, sólo se reducía a una simple pero a la vez complicadísima premisa de identidad: ¡Quiero un hombre que sepa profundamente lo que significa SER HOMBRE! Sólo con que se cuestionen su identidad y empiecen a averiguarlo, ya gozarán de mi simpatía. Y seré absolutamente comprensiva, yo he tardado muchísimos años, en saber solamente, lo que significaba ser mujer.
Sandra Canudas
Consultora de viajes y especialista en turismo de género. www.consultoriaviajes.com
Autora de “Manual de una vuelta al mundo”, “Manual para viajeras” , “Atlas mundial del orgasmo” y “El instinto sexual y la tª de la selección natural como técnica para lograr el éxito empresarial”